Nunca entendí la pasión de mis amigos por el sexo. Escuchaba sus conversaciones y me sentía un extraterrestre. Rozábamos la cuarentena y todos andaban a vueltas con lo mismo. Incluso los que ya se habían divorciado y sabían que algunos polvos pueden traer muy malos lodos andaban a todas horas con el temita lúbrico en la boca.

Alguno de ellos alardeaba incluso de promiscuidad: que si la semana pasada me lo hice con una compañera de trabajo, que si antesdeayer me empotré a una vecina, que si mañana he reservado hora con una escort, que si el sábado me toca cumplir con la mujer…

En esas conversaciones siempre suelo quedarme callado. Como mucho, río escuchando sus aventuras. A veces, hasta creo que se las inventan para dar algo de salsa a la conversación.

“¿Y tú?”, me preguntan a menudo. “Tú nunca cuentas nada”, me dicen. “¿Es que no follas?” En estos casos, apuesto siempre por la casi más absoluta sinceridad. “Muy poco, la verdad”, les digo. “Prácticamente nada”. Me gusta verles reír cuando se lo digo. Me gusta también que ignoren mi vida privada. Mi intensa vida privada.

Y es que lo que no les cuento nunca es que a mí el sexo me aburre. Bastante. Al menos el sexo tal y como lo conciben ellos. Del sexo que a mí me gusta no les hablo. No estoy preparado para hacerlo todavía. Un día les contaré lo que de verdad me gusta, lo que me pone cachondo.

Algún día les diré que soy un apasionado del BDSM. Que a mí lo vainilla no me va. Que no dudo que esté bien que te la mamen y que correrse en la boca de una chica también dede tener su punto. Como lo debe estar meterte en su culo o eyacular en sus tetas. Pero… ¿qué es eso comparado con lo que yo experimento cuando estoy a merced de los caprichos de Klum?

¿Que quién es Klum? Klum es mi Dominatrix Barcelona, mi Ama absoluta, la Diosa que me tortura y humilla haciéndome sentir el más feliz de los sumisos, el más satisfecho de los esclavos. Ésa es Klum.

Algún día se lo contaré. Debo hacerlo. Algún día me sinceraré con los colegas y les hablaré de lo que mi Mistress hace conmigo cada vez que estamos juntos. Para esa charla, sin embargo, debo entrenarme. No es fácil contar según qué cosas, ni siquiera a los amigos. Sobre todo a los amigos.

¿Me permitís que me entrene con vosotros? La virtualidad lo permite. Esa es una de las grandes ventajas de la comunicación online: que nos liberamos de algunos corsés y nos mostramos tal y como somos. Que no necesitamos inventar para quedar bien.

Os voy a contar entonces a modo de entrenamiento cómo conocí a Klum, mi Dominatrix en Barcelona. Y os voy a contar también (aunque sea un poco por encima) a qué nos dedicamos cuando estamos juntos.

Dominatrix Barcelona

Del sexo vainilla al sexo BDSM

Empezaré por contaros cómo conocí a Klum, mi Mistress Barcelona de referencia, la Domina que me ha descubierto todo lo que habitaba en mí y la que ha sacado a la luz mis deseos más ocultos.

Lo que os voy a contar sirve para demostrar que a la Felicidad (y mi felicidad es estar con mi Ama) no siempre se llega por el camino más recto. Tampoco por el más corto. Yo, de hecho, llegué a Ella por uno un tanto tortuoso. Tuve que encapricharme antes de una compañera de la oficina. Bueno: de ella o de sus tetas, que para mí venían a ser lo mismo. El caso es que tras una cena de empresa y unas cuantas copas, ella y yo nos condujimos como buenamente pudimos a una habitación por horas en un edificio cercano a la Estación de Sants.

Esperaba yo otro polvo rutinario, una de esas jodiendas apresuradas que sirven para vaciar los testículos y para poca cosa más. Esperaba más o menos lo de siempre: tú me la chupas, yo te lo como, yo te la meto, tú me cabalgas, unos cuantos empujones y game over. Esperaba, también, aquella sensación de vacío que sentía otras veces después de cardar. Después de todo, ya lo he dicho antes, no me parece que follar sea para tanto.

En aquella ocasión tampoco parecía serlo. Y no lo fue hasta que Karina (pues así se llama la propietaria de los melones más valorados de la ofi) me ató a la cama, me abofeteó, me apretó los testículos, estiró de ellos, mordió mi glande, escupió sobre él, me retorció el pene y me masturbó negándome una y otra vez la eyaculación y, por supuesto, la penetración.

Después, una vez ya introducido en el mundo BDSM y en sus prácticas, he descubierto que la negación del orgasmo figura entre las técnicas que una Dominatrix posee para hacer más patente su poder sobre su sumiso. Pero yo entonces no sabía nada de eso.

En aquella ocasión, que Karina me negara varias veces el alivio de correrme sirvió para varias cosas: para volverme loco de deseo, para sentir mi corazón a mil, para notar los huevos a punto de estallar y para descubrirme que el sexo podía ser una cosa mucho más intensa, mucho más apasionada y mucho más hot de lo que yo había creído hasta entonces. También sirvió para algo que no estaba previsto en el guión de aquella noche: para que yo me enamorara perdidamente de mi compañera de trabajo y de su forma de joder.

No contaré aquí lo mal que lo pasé cuando Karina me dijo que lo sentía mucho pero que una y no más, que ella tenía pareja estable y que lo de aquella noche no debía pasar de lo que había sido: solo un polvo más. ¿Un polvo más? ¿Solo un polvo más? ¡Qué cabrona! Para mí había sido el polvo del siglo. El de la Stone con el Douglas en Instinto básico, al lado del nuestro, me parecía una buena mierda.

Mistress

¿Cómo conocí a mi Dominatrix Barcelona

Asumido el no de Karina, tomé conciencia de lo que necesitaba: una mujer que me dominara absolutamente en la cama, que me mandara, que me esclavizara, que me pusiera a sus pies y a sus órdenes, que torturara mis genitales, que me arruinara el orgasmo, que me hiciera sentir el más perro de los perros, el esclavo más entregado.

Sabía algo sobre el sadomasoquismo y algo sobre el BDSM, pero no había escuchado nunca la expresión FemDom. No sabía que era sinónima de Dominación Femenina. No sabía que eso era precisamente lo que yo estaba buscando. Que esa era la puerta que abriría mi vida a una sexualidad más plena y satisfactoria.

Buceé en internet y me informé. Aprendí lo que era la castidad forzada y descubrí muchos de los trucos y técnicas que las Dóminas utilizan para rendir a sus siervos. Supe lo que era el CBT.

Empezaron a acudir a mi mente y a mi fantasía imágenes de látigos, de fustas, de otros juguetes sexuales, de plugs anales, de arneses que convertían a las mujeres en seres con cipotes de más de 20 centímetros, de azotes en el culo, de testículos atrapados en un cepo, de pollas encerradas en una jaula, de mordazas cubriendo la boca, de pinzas y electrodos actuando sobre los pezones, de pesos colgados de los genitales…

Y sentí la inmediata necesidad de probar muchas de esas experiencias. Quería revivir lo que había vivido con Karina pero multiplicado por diez. Mi erección me lo pedía y yo quería hacerlo lo más pronto posible.

Tecleé en mi buscador bdsmbarcelona y contactos bdsm. Tecleé dominatrix barcelona y mistress barcelona. Cribé los múltiples resultados que aparecieron en la pantalla de mi ordenador, leí la información que me proporcionaban las diferentes webs, miré las fotos de las mistresses de Barcelona que ofrecían sus servicios y elegí a Klum.

Ama

CBT con una Mistress Barcelona

En mi búsqueda de información, había leído un artículo titulado “La primera sesión con una Dómina”. La lectura de dicho artículo había aliviado mi ansiedad. Sabía lo que me esperaba al citarme con Klum. Sabía que mi Dominatrix pactaría conmigo hasta dónde deseaba yo llegar y qué límite no estaba dispuesto a traspasar.

Cuando me cité con ella, le expliqué que era novato en el FemDom. Había leído que la sinceridad y la comunicación eran imprescindibles en el BDSM y quería demostrar que aquella lección la había interiorizado. Le dije que creía que había nacido para sumiso y que quería experimentar.

Y experimentamos. Disfruté tanto de aquella experiencia que, al marchar de la mazmorra que Klum tenía habilitada en su casa, me prometí volver a ella cuanto antes. Me habían enloquecido sus penitencias, los castigos que me había impuesto. Y estaba dispuesto a probar cosas nuevas.

Hoy, medio año después, disfruto con mi Dominatrix in Barcelona con prácticas que mis amigos no pueden ni imaginar. Me he convertido en todo un fanático del CBT. Me encanta que Klum me torture los huevos, que me ate la polla hasta ponérmela morada. Cuando la tengo así, el más leve roce de la punta de su lengua me hace estremecer.

Pero para ganarme eso debo rendirme a sus pies, debo lamer sus botas. El otro día le supliqué que me orinara encima. Ella me dice que la lluvia dorada es un premio que aún no me merezco. Que debo ser mucho más sumiso. Mucho más esclavo.

Que no os quepa duda: haré todo lo posible por serlo.

Mi única duda es: ¿cómo cuento esto a mis amigos?

Femdom