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El placer no es sólo genital

Si para algo debe haber servido este espacio dedicado a las prácticas sadomasoquistas es para demostrar que éstas pueden ser muy variadas. Del uso de floggers a la suspensión con ganchos, de la infusión en el escroto al ballbusting, de la práctica del fisting al empleo de ortigas… son muchas, sin duda, las prácticas que pueden llevarse a término mientras escenificamos una escena sado. Unas más espectaculares, otras menos, todas ellas están llamadas a cumplir una función dentro del universo del sado. Algunas de ellas, además, resaltan algo característico del sado y que es lo que queremos recalcar en el artículo de hoy.

Ese algo es que las prácticas sadomasoquistas convierten a todo el cuerpo en lugar posible de experimentación del placer. O, dicho de otro modo: en que en la práctica sadomasoquista lo genital no es el centro esencial de la sexualidad.

El gran psicólogo, filósofo y teórico social que fue Michel Foucault habló del sadomasoquismo como de “un juego que se juega con el cuerpo mismo”. Gracias al juego sadomasoquista el cuerpo, al convertirse en “un lugar de producción de placeres polimorfos”, busca el modo de inventarse a sí mismo.

Foucault incide en esa idea de creación del cuerpo por el propio cuerpo cuando hace referencia en uno de sus textos al modo que tiene el cuerpo de erotizar algunas de sus partes al utilizarlas dentro de la práctica sadomasoquista. Así, la práctica sadomasoquista se convierte, al decir de Foucault, en un proyecto creativo, una especie de creación gracias a la cual se demuestra que la persona puede experimentar placer gracias al uso de determinados objetos sobre partes “inusitadas” de su cuerpo. Una descarga de electricidad en las rodillas, el ser rociado con un chorro de orina, el sentir el impacto de un flogger en la espalda, el “gozar” de los impactos de una vara de abedul en las nalgas… todo esto puede proporcionar placer sexual al amante del sadomasoquismo y el placer no genital puede llegar a ser tan intenso como para que dicho amante de las prácticas sados sea capaz de alcanzar lo que se conoce como orgasmo no genital.

Al desligar el concepto de placer sexual del concepto de genitalidad, el sadomasoquismo consigue desafiar a lo que podríamos considerar los sistemas de producción estandarizada de sexualidad. O, dicho de otro modo, al convertir todo el cuerpo en lugar posible de experimentación de placer, la práctica sadomasoquista se enfrenta directamente al modelo de sexualidad difundido por el porno.

El porno no es revolucionario; lo es el SM

En contra de lo que pueda parecer, no es el porno lo verdaderamente revolucionario y subversivo cuando se habla de sexo. Después de todo, el porno no hace sino proyectar un modelo de vivencia de lo sexual que restringe la idea del placer a la idea de lo genital. En ese sentido, el porno recorta el cuerpo y, al recortarlo, lo priva de la posibilidad de experimentar la sensación de un placer que vaya más allá de lo genital.

Por otro lado, el porno (al revés que el sadomasoquismo) tiende a reforzar la diferencia sexual y la asignación de roles y géneros. En el porno hetero, el hombre penetra y la mujer es penetrada. En el universo sadomasoquista, esto no tiene por qué ser así. La práctica del fisting o fist fucking, por ejemplo, lo demuestra. El sadomasoquismo, gracias a prácticas como el fisting, consigue desligar al sexo de sus ataduras tradicionales y lo echa a volar hacia nuevos cielos en los que intervienen factores como pueden ser la tensión o la incertidumbre, factores ambos intrínsecos a la práctica del sado y que no se dan del mismo modo en la práctica sexual convencional.

Lo que conocemos como sexo vainilla sigue unos patrones que acostumbran a repetirse encuentro tras encuentro. Los motivos que conducen a dicha reiteración de patrones a la hora de disfrutar del sexo pueden ser varios. Los más importantes, sin duda, la falta de formación sexual y el castigo cultural/barra moral que se ha impuesto tradicionalmente sobre todo afán de experimentación. Impuestos los patrones, es difícil romper con ellos.

Entre los patrones sobre comportamiento cultural más arraigados figura el de asociar sexo anal con práctica antinatural, máxime si es un hombre el que actúa como parte pasiva de la penetración. En base a ese patrón de comportamiento, hay partes del cuerpo (en este caso el ano) que quedan excluidas de las zonas que deben adquirir cierto protagonismo en la práctica sexual.
El sadomasoquismo, por el contrario, implica en gran medida un ejercicio de libertad. Si el sexo ortodoxo y aplaudido por los patrones impuestos aplaude la vertiente productiva del sexo (es decir, todo que lo que, de un modo u otro, esté relacionado con la obtención de un fruto), el sadomasoquismo reclama un derecho: el de decidir el propio cuerpo, sin patrones impuestos, cortapisas ni tabúes, de qué manera ese cuerpo se proporciona placer.

Este principio es tan llevado al máximo por ciertas personas sadomasoquistas que, en sus prácticas, juegos o reuniones SM, prohíben tanto la penetración como la masturbación. Que se tomen esas decisiones no quiere decir, ni mucho menos, que el sadomasoquismo no tenga nada que ver con el sexo. Ni una cosa ni la otra, ni la genitalidad absoluta ni la asexualidad completa. Que el sadomasoquismo no centre toda su actividad en lo genital no quiere decir que éste no participe. De hecho, la mayor parte de las personas que gustan de practicar el sadomasoquismo lo hacen para excitarse sexualmente y para intensificar sus sensaciones.


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