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¿Donde reside el placer de la sumisión?

Los placeres de la sumisión se basan en la oposición de los dos polos que participan en el juego. Es un axioma que se expresa en todas la polaridades de la vida. Como el ying o el yang, las tinieblas y la luz, el macho sumiso y la hembra dominante son las dos caras de la misma moneda: uno y otro se necesitan para estar completos.

Al mismo tiempo, los dos participantes del juego, ama y esclavo, no son simples opuestos. Incluso la más severa de las amas obtiene el placer no sólo de la atractiva presentación de su esclavo, sino también del completo cumplimiento de sus fantasías sexuales. Del mismo modo, el más sumiso esclavo no sólo participa renunciando a su capacidad de acción y entregando su voluntad al ama, sino también participa dando cumplimiento a sus fantasías eróticas, lo que le produce un placer que gratifica sus propios deseos más ocultos. En resumen, que lo que puede parecer la dictadura absoluta de la ama debe esconder dentro de sí una preocupación por los gustos del sumiso y por la satisfacción, en definitiva, de sus deseos. Del mismo modo, el abyecto esclavo debe tener también un no tan aparente sentido del control. Él debe, en cierto modo, oponer una resistencia que aumentará el placer de la ama cuando ésta sea capaz de vencerla. Las dos funciones, por tanto, la de ama y la de esclavo, son simbióticas.

Eso sí: esa simbiosis no puede implicar en caso alguno que la parte sumisa inicie una acción. Esa parte esclava debe tener la habilidad de ponerla en manos de su ama, que la tendrá en fideicomiso hasta que crea que es el momento de ejecutarla, bien sea al final de una escena, tras una negociación o, por qué no, al final de una vida.

Nada podría ser más natural

Sabemos que la primera fortaleza y autoridad de nuestra vida es femenina. A pesar de que no todas las mujeres están interesadas en ejercer esa facultad, no hay que olvidar que están más capacitadas para ejercerla que los otros. En el fondo, es como regresar a la infancia y al amor de nuestras madres. Ellas podían castigarnos, sí; pero casi siempre acababan perdonándonos.

Convertirse en una dominante es una forma muy alegre de celebrar la innata fortaleza femenina. Esta transformación (que no tiene nada que ver con la elección o no de ejercer la capacidad de maternidad que la naturaleza otorga a la mujer) podía resultar más sencilla en edades y culturas antiguas, cuando el culto a una divinidad femenina era lo habitual, antes de que se impusieran cultos religiosos de carácter patriarcal.


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