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El castigo: el fin del suspense

Ya nos ha quedado claro que el suspense es uno de los elementos principales del juego. Que la amenaza del castigo debe planear en todo momento, y que el dominado debe esperar ese instante con incertidumbre. Pero la espera no debe prolongarse indefinidamente. El castigo debe llegar. Si no lo hace, el juego pierde su razón de ser. Cuando ese castigo llega, el sumiso debe sentir que el suspense de la espera ha sido tan terrible que no podía haber durado ni un segundo más. En cierto modo, y pese al dolor que puede causar, el castigo es una especie de liberación psicológica tras la espera angustiosa e incierta.

Casi todo el castigo que inflige un Dómina se hace con el implícito consentimiento del sumiso. Casi todo. La disciplina pactada no siempre es lo suficientemente estricta como para que no haya algún castigo ocasional e improvisado. Ello también forma parte del suspense.

Lo que no debe quedar en manos de la improvisación es el establecimiento claro de la autoridad. Que tú, Ama, establezcas de un modo inapelable tu autoridad sobre el sumiso es esencial para que el juego funcione. Él debe saber que tienes el mando y que no puede rebelarse contra él. Sólo entonces, cuando se asuma eso, tus castigos serán efectivos. Él no debe tener otra elección que la de la aceptación de tus deseos y castigos. La dominación psicológica no debe tener ni un atisbo de debilidad. El sumiso debe sentir que escapar a tu poder puede ser más doloroso para él que la recepción de una buena tunda de azotes.

El lenguaje del Poder

Una de las más importantes armas de que dispone el Ama es el lenguaje. Ya hablaremos en su momento de cómo utilizar la voz para que por ella misma imponga una sensación de mando al que no se puede ofrecer resistencia. Nos bastará ahora con apuntar que la correcta elección de las palabras usadas por el Ama debe servirle para determinar y mantener su poder en la relación. Una de las más sencillas maneras de demostrar este poder y la relación establecida entre Ama y sumiso es el modo según el cual éste se dirige a aquélla. Nunca la llamará por su nombre de pila ni, por supuesto, utilizará ningún tipo de apelativo cariñoso. La llamará Ama y no Terroncito ni ninguna cursilada semejante.

Hay amas, sin embargo, que desean ser llamadas por su apellido o por algún nombre que han escogido por sus connotaciones disciplinarias. En cualquier caso, el efecto que debe tener la utilización de un nombre determinado debe ser claro. Ese nombre debe servir para establecer la autoridad y el poder. El sumiso debe expresar, con ese nombre, que no está tratando con su esposa o su novia, sino que lo está haciendo con alguien a quien se debe obedecer si no se desea sufrir las consecuencias que la desobediencia pueda acarrear.

No solamente hay que seleccionar un nombre dominador y aplicar estrictamente su uso. El Ama debe, a su vez, escoger un nombre para su sumiso. Aquí no deben aceptarse sugerencias por parte del dominado. No es cuestión de que le guste o no le guste. La Dómina debe imponer sus normas incluso en detalles como éste. Que el Ama se dirija al sumiso como a ella le venga en gana es una inequívoca señal del dominio que debe establecerse sobre el mismo. Con un poco de práctica y algunas sesiones a la espalda, el simple hecho de que el Ama llame al sumiso por ese nombre elegido debe servir para que éste se introduzca, sin más preámbulos, en el territorio de la obediencia y la pasividad. Lo mismo debe suceder cuando el sumiso, presentándose, llama al Ama por el nombre de dominio elegido.

La eficacia del nombre

¿Qué nombres son eficaces para cumplir esta función? Los hombres que sueñan con ser camareras pueden responder a extravagantes nombres femeninos o a diminutivos de nombre de mujer. Los que quieren ver en el Ama a una institutriz para, así, zambullirse mejor en el recuerdo de los años de infancia, pueden escoger apodos diminutivos. Los de ego más subido, pueden escoger su nombre y apellidos completos para que se dirijan a ellos.

Lo importante, en cualquier caso, es crear el ambiente necesario para que la fantasía erótica pueda tener la fuerza necesaria para hacerse realidad. Los nombres deben enfatizar el poder femenino y armonizar la sumisión de las fantasías infantiles. Tampoco le viene mal a la representación del dominio y la sumisión un cierto aspecto lúdico que puede plasmarse desde la utilización de los nombres (aunque aquí aconsejamos no arriesgar demasiado, no sea que un exceso de carácter lúdico acabe restando efectividad al dominio que el ama debe ejercer) hasta la elección de un tipo de complementos determinados a la hora de vestirse.

Los genitales, al mismo tiempo, deben ser también nombrados. El modo en que sean llamados ayudará a aumentar la atmósfera de un mundo secreto. Buscad un nombre potente y atractivo. Que si tú, Ama, por ejemplo, le dices a tu sumiso “necesitas pasar un tiempo con Vicky”, él sepa que debe tener a punto su lengua, porque lo que le estás pidiendo es que hunda su boca entre tus piernas y te realice el cunnilingus que en ese momento tu deseo te exige.

Esta manera de nombrar vuestros genitales puede serviros, además, para eliminar o debilitar la vergüenza que podríais sentir. Eso sí: los genitales deben ser nombrados de manera que se haga hincapié en la inferioridad del sumiso pero sin hacer excesiva burla de él. La autoestima del sumiso en este aspecto puede resultar débil, y no sería caritativo, humano ni, por supuesto, adecuado para el juego, hundírsela en la miseria. Atinar en este aspecto es fundamental. Hay que establecer un dominio, no crear traumas.


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