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Una sugerencia de juego

Vamos a proponerte un juego sexual sencillo, algo que implique en cierto modo una “tortura” de pene y testículos y para el que apenas se necesitan tus manos, un poco de lubricante y algún instrumento con el que enriquecer el juego, bien sean unas ruedas con pinchos, bien algún tipo de abrazadera con la que sujetar ese pene y esos testículos que van a ser protagonistas y, al mismo tiempo, beneficiarios de una deliciosa tortura.

A la hora de escoger el lubricante que vas a utilizar en el juego ten en cuenta que un lubricante con base de agua es siempre un maravilloso complemento a la hora de cualquier juego sexual. También lo es de la masturbación. Si notas que ese lubricante que estás usando se empieza a secar, puedes hacer dos cosas: o bien aplicar un poco más de lubricante o bien usar un poco de agua tibia para activar la lubricación. Si sólo vas a jugar a “torturar” tu pene y tus testículos y no vas a tener sexo genital (oral-genital, anal-genital, genital o de contacto genital), entonces puede bastarte con un aceite lubricante a base de aceite de masaje, una loción o algún tipo de crema fría. Sin embargo, si existe una mínima posibilidad de realización de contacto sexual genital durante o después de “la tortura”, no utilices lubricantes con base de aceites. El aceite de masaje puede provocar algún tipo de reacción alérgica en el interior del cuerpo y puede, además, desintegrar el látex de tu preservativo.

Puedes ahora, si lo deseas, utilizar unas ruedas dentadas o provistas de pinchos para pasearlas por los testículos y la polla de tu pareja. Hazlo muy suavemente. Sólo se trata de deslizarlas sobre la piel. Si ejerces demasiada presión, puede suceder que las espinas puncen la piel, y ése no es el objetivo. Si es tu misma pareja quien te exige un poco más de presión, hazla, pero siempre con cabeza. La pasión puede llevarnos a un punto en el que se pierda la conciencia de que lo que hagamos puede llegar a causar algún daño.

Atadura Bondage

Puedes (estaría bien) atar a tu pareja. Una cuerda de algodón o de nylon grueso puede servirte para atarlo de pies y manos. También puedes ponerte unos guantes de látex. Los guantes servirán para dar ambientación y servirán para proporcionar a ese pene y esos huevos que van a ser sometidos a tortura una nueva sensación. Coge esos huevos y esa polla que están pidiendo ser torturados y sujétalos con un anillo de cuero (por ejemplo) que los constriña. Que el anillo sea ajustable permitirá que tú puedas apresarlos y que la presión que ejercer sobre ellos sea la deseada. Observa cómo la sangre se acumula y cómo la polla se endurece hasta alcanzar su tamaño más esplendoroso. Maravíllate ante ese trozo de carne por el que la sangre apenas puede circular.

Coge ahora el bote de lubricante y vierte unas gotas en la palma de tu mano. Deja que ese lubricante se caliente en ella gracias al calor que tu mano le transmite. Unta la punta de su polla con un poco de lubricante. Hazlo de manera lenta. Y de manera lenta, también, mueve uno de tus dedos, en círculos, alrededor de la polla. Efectúa ese movimiento sobre el prepucio y ve descendiendo a lo largo de todo el pene erecto y duro.

Masturbación

Una vez hayas repartido el gel por todo el pene, haz que tu dedo, untado de lubricante, ascienda muy lentamente, desde la base, cipote arriba. Esto debe hacerse ejerciendo la presión justa (que esa polla constreñida y dura no pueda ser indiferente a la caricia) y, sobre todo, de una manera lentísima. Mientras lo haces, observa la expresión del rostro de tu compañero. ¿Ves en sus ojos o en el rictus de su boca la marca indeleble del deseo y la excitación? No te sorprendas. Eso es porque vas por el buen camino. Porque está gozando.

Cuando llegues una vez más a la punta, toma su polla entre el pulgar y el índice y comienza a acariciarla. Lentamente, ya sabes. Haz que tus dedos se paseen con suavidad sobre las líneas que marcan las venas inflamadas de su rabo, duro como una roca. Llega en esa caricia hasta la base y vuelve de nuevo (sin tocarlo) a la punta. Cógela esta vez con tres dedos y viaja de nuevo hacia la base. Que todos los movimientos sean así: de arriba hacia abajo. Y que poco a poco vayan ganando un poco de ritmo hasta que tu mano trabaje a toda velocidad. Esto podrás hacerlo poco tiempo. Si te excedes en él, tu pareja se correrá. Y tú no quieres que se corra todavía. Quieres que suplique el orgasmo.

Tus caricias deben dejarlo al borde del mismo. Él gemirá. Tú deberás detenerte (cuando repitas todos los movimientos que ya has realizado) justo antes de llegar a ese punto de no retorno que lleva a la eyaculación. Conoce su cuerpo, su modo de reaccionar a la caricia y controla las idas y venidas de su excitación, el oleaje de la misma.

Pasea lentamente, a lo largo de su polla, la rueda dentada. En su estado de hipersensibilidad, esto le hará aullar como un animal. Seguramente su pene perderá algo de su hinchazón. Nada que no sea recuperable. Vuelve a iniciar las caricias que te hemos descrito hasta llevarlo de nuevo al borde del orgasmo. Hazlo varias veces. Finalmente, concédele lo que tanto te suplica. Mastúrbale hasta llevarle, ahora así, al orgasmo. No te extrañe si su semen sale disparado a una distancia inhabitual. Esa polla y esos testículos llevarán mucho rato suplicando ese alivio y, llegado finalmente, éste se convertirá en una corrida copiosa y potente que pondrá fin a un rato que esperemos sea largo y de “insoportable tortura”.


masturbación

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