La buena Dómina

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El arte de la dominación

¿En qué consiste ser una buena dómina? La información que circula por las diferentes publicaciones y en la red puede abrumar y, en cierto modo, despistar a la dómina inexperta. El exceso de información, a menudo, empuja a que se pierda de vista lo básico y fundamental.

Ninguna inversión en complementos eróticos servirá a la dómina si ella no trabaja convenientemente el poder que anida en su interior. La capacidad de dominio nace en el seno de la persona y mana de ahí. Una gran colección de juguetes eróticos no hará de una mujer una buena dómina. Un amplio conocimiento de técnicas, tampoco. Se puede poseer todo eso y no ser una buena dómina. Y se puede serlo sin poseer nada de eso.

Para ser una buena dómina hay que saber cuándo el comportamiento dominante es apropiado. Hay que saber que la relación de dominio y sumisión es algo circunstancial que no puede trasladarse a la vida cotidiana. Mantener el tono y la actitud de dominio en la vida cotidiana es una falta de respeto para con los demás.

Autoconfianza de la dómina

El mejor afrodisíaco para un sumiso es observar como la dómina tiene una absoluta y real confianza en sí misma. Esto no quiere decir que la actitud de la dómina deba ser una actitud chulesca. Chulería no es lo mismo que confianza en uno mismo. La confianza en uno mismo se deriva de un inventario que se hace de lo que nos gusta y no nos gusta de nosotros. La dómina ha hecho ese inventario y se siente cómoda con su talento, sus habilidades, sus valores y sus fortalezas. Esa seguridad le posibilita encarar sus defectos.

Muchas dóminas afirman que la dómina existe más allá de la existencia o no del sumiso. La dominatriz no se define por la existencia del otro, se define por el confort que siente con su propia identidad como mujer eróticamente dominante. Necesitar a otro para reafirmar esa identidad es una muestra de debilidad y falta de confianza.

Otro aspecto que debe tener en cuenta la dominatriz es entender que el poder de la persuasión acostumbra a ser mayor que el de la fuerza. Cualquier tonto con un arma en la mano puede obligar a una persona a hacer actos contra su voluntad. Ese poder es sólo el poder de los débiles y los brutos. El arte de la dómina debe sustentarse en el uso de la persuasión. Será con la persuasión con lo que la buena dómina conseguirá doblegar la voluntad del sumiso.

Respeto al sumiso

Doblegar la voluntad del sumiso no implica, en caso alguno, que la dómina deba perder el respeto hacia el sumiso. La buena dómina respeta la humanidad del sumiso y agradece su sumisión. La buena dómina sabe que la entrega y la sumisión total es difícil y la sumisión de su compañero de juegos debe producirle una especie de admiración.

Por otro lado, la buena dómina debe saber que la vulnerabilidad emocional de los otros debe ser respetada. No sobrepasar los límites establecidos de antemano es fundamental a la hora de plasmar y demostrar el respeto hacia dicha vulnerabilidad emocional. Además, sintiéndose seguro dentro de los límites de la sumisión el sumiso puede entregarse más.

Es fundamental para que la dómina sea una buena dómina ser fiel a sus deseos y a sus límites. La dómina no puede ser empujada al juego del dominio y la sumisión por deseo de otras personas. No debe proyectar las expectativas de los demás. Si participa de estos juegos es porque goza verdaderamente participando en ellos. Si lo hace impelida por una voluntad exterior a ella, no tendrá control sobre su propio placer y, no teniendo dicho control, ¿cómo podrá ser una buena dómina?

La buena dómina, por otro lado, debe conocerse bien. Conocer su propio temperamento y sus propios límites servirá a la buena dominatriz para evitar riesgos innecesarios. Si se comete algún error, la dominatriz deberá reconocerlo, asumirlo y, en la medida de lo posible, intentar corregirlo.


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