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Los furrys

Quizás a ti no te lo parezca, pero hay gente a la que le resulta sumamente erótica la imagen de una persona disfrazada de animal de peluche. O que encuentran tremendamente erótico disfrazarse de peluche y frotarse con otras personas igualmente disfrazadas. Tigres, ardillas, perros y gatos, conejos y pingüinos, leones… todos estos animales pueden ser imitados en una furcon, es decir, en una convención de furrys o furries, pues ése es el nombre que reciben las personas que gustan de disfrazarse de dichos animales, adoptando sus características y buscando el modo de rozarse con otros furrys.

No acostumbra a pasar que los furry cambien de disfraz de unos encuentros a otros. Por regla general, el furry escoge un animal y permanece fiel a él. Ése es el animal con el que se identifica. Ése es el animal que, de alguna manera, representa su verdadera personalidad. Por eso hay algunos furrys que imitan el comportamiento de su animal preferido. Los hay que lo llevan tatuado en algún lugar de su cuerpo y, los más extremistas, incluso se someten a operaciones de cirugía estética para, de un modo u otro, parecerse a él.

La cultura furry, en un principio, abarca un universo más amplio que el que se refiere específicamente a los encuentros sexuales entre personas disfrazadas de peluche (los teóricos y amantes de la cultura furry hablan de su íntima relación con tradiciones culturales heredadas directamente de culturas en las que el hombre y el animal aparecían mezclados en la figura de algunos dioses como podrían ser las culturas precolombinas, las paleolíticas y neolíticas e incluso la cultura del Antiguo Egipto, con sus dioses con forma de halcón o perro), pero eso no debe hacer que nos llamemos a engaño: los encuentros sexuales forman una parte muy importante dentro de dicha cultura. Y esos encuentros sexuales están determinados por un componente fetichista muy importante.

Fetichismo del peluche

Y es que el fetichismo del peluche es un fetichismo más extendido de lo que a simple vista pudiera parecernos. Pueden ser muchos los factores psicológicos que influyan en su proliferación. Por ejemplo: puede ser que a una persona le guste sentirse animal de compañía. Puede ser que le reconforte el saber que alguien se encarga de proporcionarle comida y de lavarle y cuidarle. Puede ser que, sintiéndose animal, pueda liberarse de la carga de sus responsabilidades diarias como humano. Puede ser que, vistiéndose de león, se sienta poderoso dentro de un juego de rol y, así, compense las inseguridades propias. Puede ser que alguien guste de sentir el contacto de su juguete preferido de peluche sobre sus genitales. Puede ser que a una mujer le guste practicar la masturbación frotándose con el mismo peluche con el que jugaba cuando era niña. Todo eso puede ser. La psicología humana es demasiado complicada como para intentar justificar todos los gustos y sueños humanos.

En cualquier caso, no hay que confundir en modo alguno el hecho de querer disfrazarse de perro para hacer el amor con una pareja también disfrazada de perro con el hecho de querer, en verdad, follar con un perro. El fetichismo es una cosa y la zoofilia, otra muy diferente. Un juego de rol es una cosa y coger a un animal de verdad para vaciar nuestro deseo, otra.

En ese juego de rol que es todo encuentro furry, todo puede ser tomado poco, algo, bastante o muy en serio. Después de todo, el erotismo es algo muy serio y en el encuentro furry hay una carga inherente de erotismo.

¿Por qué a alguien le puede gustar ver a su pareja disfrazada de animal de peluche? Quién sabe. Puede ser que, al tener a la pareja disfrazada de perrito, se combine en la mente del fetichista, de manera explosiva y excitante, el cariño hacia los animales con el amor a la pareja. Puede ser que le excite el control total sobre el bienestar, la felicidad y la satisfacción sexual del amante. Puede ser que le incite a juegos tan sugerentes como el de impregnarse de mermelada la vagina para darla a lamer a su perrito lamecoños. Puede ser que le motive especial y sexualmente la sumisión de la mascota. Después de todo, el juego del premio y el castigo se adapta muy bien a la situación que se plantea cuando uno de los dos miembros de la pareja adopta el papel de mascota. Gracias a ello, el BDSM adquiere otras connotaciones y las fantasías más cercanas a la zoofilia se pueden hacer realidad con un buen disfraz de peluche de por medio.

Fetichismo y BDSM

Algunas personas encontrarán en los disfraces de peluche una buena manera de aumentar el erotismo del encuentro sexual y de fortalecer la unión entre dominante y sumiso. Las bridas y la fusta pueden ser, en esa escena BDSM imaginada y escenificada, el complemento perfecto para un disfraz de pony.

En la actualidad, y debido a la expansión de este tipo de fetiche y a las posibilidades de contacto que proporciona internet, hay un amplio abanico de posibilidades y lugares de encuentro para que esta tribu de amantes del peluche puedan encontrarse y gozar, incluso, de un tiempo de amor interespecie. Perritos haciéndoselo con ponys, tigres con leones, pingüinos con cebras… todo es ahora mucho más fácil gracias a un buen puñado de publicaciones, foros de internet, cómics o convenciones internacionales de furrys. Después de todo, una vez extraídas las pieles, las plumas o las escamas, lo que queda al aire es la piel desnuda y, con ella, el pálpito de la vida y del deseo. En estado puro.


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