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No hay mejor lugar que un club para los amantes del BDSM. El club es el sitio ideal para ir a experimentar, para sentir y para ver cómo sienten los demás. Una fiesta durante un fin de semana puede ser la ocasión de oro para poner en común los juguetes eróticos y las prácticas y técnicas con las que mejorar los propios sistemas de juego.

En una de estas fiestas lo normal es encontrarse antes del almuerzo, en el área principal de juego. Es ahí donde se conocen los jugadores de BDSM y donde se ponen en común las normas del juego. Ahí se presentan unos a otros, se eligen para compartir juego erótico, se proponen experiencias en común. Esta proposición y las expectativas soñadas empieza a calentarlos. De hecho, la simple observación de lo que van hallando (una tienda de campaña con un potro de tortura, otra con unas espalderas de madera, otras con una gran variedad de tablas y cruces listas y preparadas para su uso) despierta en ellos el afán de la experimentación. Del probar. Por eso todos desean estar desnudos. Cuanto antes. Es ahí cuando se observan los primeros atisbos de competencia. Todos quieren ser el sumiso elegido. Todos quieren centrar la mirada y la atención del Ama. Por eso todos van vestidos, ya, aproximadamente igual. Todos llevan un par de correas de cuero. La primera correa va atada en torno al pecho; la segunda, por la cintura. Ya están dispuestos para la servidumbre. Ya están preparados para empezar a acatar las órdenes de la Dómina.

Cercana a todos ellos hay una barra con una cadena. El Ama ordena a dos de ellos que se aten a ella. Lo hacen. Los demás miran o marchan, todo depende del capricho de la Dómina. Es entonces cuando ella se pasea entre los dos sumisos elegidos. El Ama busca un juguete, mira a sus siervos, saca un cigarro, lo enciende, arroja el humo lentamente al rostro del primero de los sumisos. Hace lo mismo con el otro. Éste intenta aspirar una bocanada de ese humo que ella expira. El otro, que no es fumador, siente una especie de ahogo. El Ama, entonces, decide apagar el cigarro. Después de todo, un ataque de asma puede resultar dramático, pero no es ese tipo de dramatismo el que ella busca. Ella busca uno que resulte especialmente excitante y demostración perfecta de su autoridad.

Para conseguir esa autoridad entreverada de dramatismo, el Ama decide recurrir al uso del lenguaje. La acción verbal, recuerda, es fundamental en el sadomasoquismo. Por eso se dirige a uno de los sumisos y le dice:
- ¿Alguna vez te han azotado las pelotas?
- No, Señora –responde el sumiso con respeto.
- ¿Qué dice usted, muchacho?
- Yo, no, Señora –responde el sumiso, esta vez un poco más fuerte. Pero ese volumen parece no satisfacer al Ama, que grita a pleno pulmón: “no te escucho, muchacho”.

Es entonces cuando el sumiso empieza a sentirse bien. Le gusta que le traten así. Le gusta que le humillen. Le gusta que le exijan más. Es de ese placer, seguramente, de dónde saca las fuerzas para gritar:
- Ya le dije que no, Señora. Nunca me han azotado las pelotas.
- Pues quizás ahora ya ha llegado el momento de que te las azoten.
- Seguramente, Señora.
- ¿Y te va a gustar?
- Seguramente sí, Señora.
- Veamos si es así –dice el Ama, que ha intuido un tono algo chulesco en el tono de voz del sumiso. Quizás por eso, para implantar completamente el sentido de la autoridad y para que el sumiso sepa de una vez por todas quien manda ahí, al Ama, con decisión y fuerza, coge la polla y los testículos de su sumiso.

El muchacho sonríe. En sus ojos se observa un brillo travieso. Ese brillo se hace más intenso cuando el Ama estira de su polla y sus cojones como si quisiera arrancárselos.

- ¿Estás viendo ahora mismo el cielo verdad, mi niño? –pregunta el Ama, y el sumiso contesta “sí, Señora” mientras se tensa, se estira, se apoya sólo sobre la punta de sus pies. En su rostro se observa un gesto de dolor.

Los gritos del Ama suenan como ladridos. Los pezones del sumiso se erizan y su pene empieza a endurecerse. El Ama, alrededor de él, se comporta como un sargento autoritario que no admitiera en sus soldados un momento de relax. Se pasea alrededor de los hombres desnudos. Mira sus reacciones. Observa cuál de ellos presenta ya una generosa erección. Mira sus rabos, cómo poco a poco se van elevando. Los hay de todos los tamaños y formas posibles. La experiencia le ha enseñado que, pese a ser parecidas, no hay dos pollas iguales. Pero las pollas, por mucha experiencia que tenga, no dejan de sorprenderla. Como el primer día, le sorprende esa testarudez de alzarse, inhiestas, desde el centro mismo del dolor. Ella, hoy, mira encantada esos dos rabos mientras va a buscar el juguete que ha elegido para aderezar su escena.

(Continuará)


sado en el campo

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