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Lucha contra la rutina

La rutina es la gran enemiga de la vida de pareja. La rutina es el cáncer que va minando la pasión de quienes un día creyeron que esa pasión era inagotable. Tras aquellos inicios explosivos llegó la vida en común, los hijos, las obligaciones familiares, y esa pasión que se creía invencible se llenó de ceniza. Algo habitual. Después de todo, hay estudios que apuntan a que esa pasión propia del enamoramiento dura un máximo de dos años. Después, todo se vuelve más sereno. Para muchas parejas, ese momento resulta especialmente dramático. Hay parejas, de hecho, que no sobreviven a él y para quienes el tránsito del enamoramiento apasionado a la serena y afectuosa convivencia es un tránsito de imposible recorrido. Estas son las parejas que, o bien buscan vías de satisfacción sexual fuera del ámbito de la pareja y convierten la infidelidad en práctica habitual, o bien se quiebran de una manera más o menos traumática, más o menos serena.

Frente a estas parejas que buscan continuamente el chute de endorfinas que se apodera de la persona enamorada hay otras que, de manera resignada, se acaban amoldando al nuevo ritmo sexual que parece adueñarse de las rutinas de la vida de pareja. Estas parejas acostumbran a dar lo pasado por bien gozado y, empapados de resignación, se vuelven viejunas antes de tiempo.

Frente a las dos actitudes anteriores (ambas respetables, faltaría más) hay que destacar la actitud nada resignada de quien se niega a aceptar la muerte de la pasión de la pareja y, al mismo tiempo, lucha por todos los medios por resucitarla en el seno de la misma. Entre estas parejas podríamos encontrar a las que incorporan juguetes eróticos a sus encuentros eróticos, las que realizan prácticas eróticas no realizadas hasta entonces o las que intentan hacerlo en lugares donde antes no lo habían hecho (la cocina, la calle, una silla…).

Es a estas parejas que no se resignan al adormecimiento de la pasión a quienes proponemos otra opción a la hora de insuflar nuevas energías a su sexualidad: la de incorporar un fetiche a su vida sexual. Un fetiche puede convertirse en un aderezo muy adecuado para una relación sexual que está comenzando a padecer el anquilosamiento de la rutina. Para conseguirlo, sin embargo, la pareja cumplir, entre otros, dos requisitos imprescindibles: que el fetiche no se convierta en el único camino que pueda conducir a la excitación sexual y al orgasmo y que se tenga claro qué es exactamente un fetiche.

La naturaleza del fetiche

Para que no queden dudas, delimitaremos exactamente las fronteras del término fetiche diciendo que éste es un objeto inanimado, una situación o una parte del cuerpo no genital que desencadene un proceso de deseo, excitación y, finalmente, orgasmo. La intensidad del fetiche puede ser variable e ir desde ser el ligero desencadenante del proceso del deseo sexual (ese primer impulso, despertado por el fetiche, deberá ser reafirmado por la actividad erótica) hasta ser el provocador de una intensa excitación que conduzca, directamente y en breve tiempo, al orgasmo.

Toda pareja que quiera incorporar un fetiche a sus prácticas eróticas debe tener presente que el poseer un fetiche no debe relacionarse, directamente, con el término de parafilia o enfermedad. Que lo sea en algunos casos y que, en esos casos, se requiera del tratamiento profesional para reconducir la manera de vivir la sexualidad de manera no insana no quiere decir que lo sea siempre. No es lo mismo, lógicamente, el excitarse con la visión de un zapato de tacón puesto en un pie femenino que el hacerlo al contemplar un cadáver. Cuando hablamos de enriquecer la vida de pareja incorporando un fetiche estamos hablando de un fetiche no exclusivista, es decir, un fetiche que resulte imprescindible para alcanzar la excitación y el orgasmo y que, en cierto modo, actúe como actúan las fantasías eróticas: aportando ese plus necesario para que la imaginación (y con ella la excitación) traspase las fronteras de lo que en ese momento se está viviendo.

Comunicación y sinceridad

Para introducir un fetiche en la vida de pareja hay que contar, siempre, con un factor que nunca debería faltar en la vida de pareja: la comunicación sincera y el diálogo franco sobre lo que se puede experimentar o no dentro de la vida íntima de la pareja. Introducir el fetiche en la pareja de manera gradual y a modo de juego para después profundizar en su uso es el consejo principal que debería darse a toda pareja que quiera introducir en su vida íntima el uso de un fetiche.

Otro consejo a tener en cuenta al plantearse la introducción del fetiche de uno de los miembros de la pareja en la relación íntima de la misma es el de evitar que dicha introducción pueda provocar la anulación de la erótica del otro miembro de la pareja. El fetiche debe ser una excusa para compartir y disfrutar al unísono, no el desencadenante de una situación de sumisión en la que los anhelos y gustos sexuales de una de las partes de la pareja queden supeditados completamente a los anhelos y gustos de la otra.

Para que el fetiche funcione y pueda tener éxito en el seno de la vida de pareja hay que tener apertura de miras y no juzgar de manera prematura lo que la pareja proponga. Poner en práctica una idea puede servir para descubrir afinidades eróticas que no se sabía que existían. La experimentación, después de todo, es el mejor camino (si no el único) para llegar a nuevos descubrimientos. ¿Quién te dice que no te resulta apasionante, mujer, masturbar con los pies a tu pareja mientras llevas puestos esas medias que tanto te gusta ponerte cuando salís de cena y te pones tus mejores galas? ¿Quién te dice que no te resulta irremediablemente excitante el comprobar la mirada de deseo de tu pareja mientras tú, desnuda pero calzada con unos vertiginosos zapatos de tacón, le regalas una sensual sesión de lap dance, ya sabes, ese baile erótico en el que la mujer, sinuosa y tentadora, se mueve sobre el regazo del hombre? Sólo al probarlo lo descubrirás. Eso sí: no pruebes nada que, como hemos dicho, vaya contra tu erótica o te haga sentir mal o incómoda. Y hazle ver a tu pareja, con firmeza pero sin que suene como una recriminación hacia su forma de concebir y desear el sexo, que no deseas realizar eso que te pide. El consentimiento erótico debe estar marcado a fuego en el ADN de toda relación erótica. Sólo de ese modo esa relación será completamente satisfactoria para los dos miembros de la pareja.


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