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Entre algunos fetichistas siempre ha existido la obsesión por el disfraz. Verse disfrazado o ver a su pareja disfrazada desencadena dentro de estos fetichistas un proceso de excitación de la libido de alto voltaje. La máscara de látex y el disfraz (cosplay o no) sirven para inspirar a este tipo de fetichista.

Fetiche de la máscara de látex

La máscara de látex como elemento para cambiar la apariencia o el sexo de la pareja es uno de esos fetiches que, los que no participan de él, no dudan en calificar de, cuanto menos, inquietante.

En este fetiche hay un trasfondo de travestismo. El hombre, a menudo, y mediante el uso de la máscara, aspira a representarse como mujer. El aspirar a la feminización es habitual dentro de este tipo de fetichismo que, en más de una ocasión, acostumbra a lindar con otros fetichismos del tipo de los que adoran el corsé apretado, las tiaras u otros elementos que sirvan para representar escenas de restricción, privación sensorial o servidumbre por deudas. En muchas tiendas especializadas, la más cara se vende unida al torso, como si de un uniforme o de un traje de neopreno se tratara.

Las máscaras y los torsos, así, crean un extraño muñeco de apariencia femenina. El fetichista pretende encontrar en este extraño muñeco el objeto sexual perfecto. Sin mancha, estilizados, bonitos y callados. Así suelen ser los muñecos adorados por estos fetichistas.

Cosplay

El término cosplay nace de la contracción de los términos costume (disfraz) y play (juego). Podríamos entender, así, que practicar el cosplay es algo parecido a “jugar a los disfraces”. Culturalmente, este término se le da a la acción de vestirse como personajes de dibujos animados o de juegos de rol. El mundo del cómic, el Manga, el Hentai (manga pornográfico) y los videojuegos son los principales proveedores de modelos en los que fijarse para realizar el disfraz.

El mundo del cosplay forma una subcultura en sí misma. Hay concursos, convenios, cafeterías en las que reunirse, comunidades on line… En Japón, incluso llegan a existir parques de atracciones temáticos.

Dentro de esta subcultura hay una que llama especialmente la atención de un determinado tipo de fetichista. Nos referimos al fenómeno “lolita”. Según este fenómeno eminentemente japonés (alcanzó su máximo esplendor en Tokio durante la década pasada y hoy es una moda más dentro de las que siguen, en Japón, los jóvenes alternativos), el disfraz de la lolita de turno es un disfraz barroco oscuro, de estilo gótico, en el que se combinan colores blancos y negros y en los que las faldas o vestidos llegan hasta las rodillas. La imagen que se representa es una imagen que está a medio camino entre la inocencia y la perversión. Una imagen indudablemente morbosa.

Disfrazar y disfrazarse

Después de todo, el cosplay no es otra cosa que la derivación modernamente oriental de un fetichismo muy habitual y extendido: el de disfrazar y disfrazarse. Tras la elección del disfraz hay, siempre, una elección erótica. Cuando se elige un disfraz se elige, en cierto modo, una manera erótica de proceder.

Puede ser que al fetichista le guste observar la lenta transformación, ver cómo, poco a poco, lo que se pone y lo que se quita su objeto del deseo se convierte en el elemento central de su excitación sexual. Puede ser que esa misma excitación nazca de observar cómo él mismo, el fetichista, se va transformando en otra persona. En ese proceso, el que se va transformando puede saborear el olor, el tacto, incluso el sonido que hace la ropa que se está poniendo al rozarla con la mano. Ese acto de vestirse es, en el fondo, un ritual erótico para el paladar exigente del fetichista que, en soledad, goza de su sexualidad.

El vestidor es, en estos casos, el paraíso de los placeres secretos del fetichista. Aquí puede imaginar sus mejores fantasías para masturbarse. Mientras se viste, el fetichista puede imaginar que otra persona le está mirando. O que le está ayudando a vestirse. Puede imaginar que es un señor que se folla a su costurera. O un sastre que se folla a su cliente. O un esclavo que está vistiendo a su señora y debe satisfacer sus requerimientos.

Sea como sea, la esencia principal de la fantasía que está creando es el disfraz fetichista, la ropa que se está utilizando, su olor, su sonido, su sensación al tacto. La persona que lleve esa ropa se convertirá en la figura central del encuentro erótico. Pero esa persona no será nada sin el acto de enfundarse esa ropa que es el fetiche del fetichista.
Algo imprescindible a la hora de gozar de este tipo de fetichismo es, si los hay, respetar el consentimiento de los espectadores. Utilizar o servirse del fetiche fuera del espacio privado podría involucrar a otras personas. Antes de hacerlo, hay que asegurarse de que no hay nada que resulte ofensivo para esas personas. Si lo hubiera, el goce erótico no podría producirse.
Nadie puede ni debe ser obligado a participar en una situación en la que no quiere participar. Ésa es una regla máxima.

Una de las últimas modas en cuanto a fetichismo se refiere hace referencia al los furrys, fetichistas aficionados a disfrazarse de muñecos de peluche. El fetichista en cuestión busca el disfraz de aquel animal con el que se siente identificado (perro, gato, ardilla, osito, pingüino...) y se junta con otros furrys para dejar que sus instintos animales campen a sus anchas.

En el vértice más extremo del movimiento furry y, por extensión, de todos aquellos que se declaran fetichistas del disfrazarse, se encuentran aquellos que recurren a la intervención quirúrgica que les haga parecerse a aquello que quiere parecerse, bien sea un animal, alguien del sexo contrario o alguien más joven. Hay chicas jóvenes, casi recién salidas de la adolescencia, que se operan estéticamente para hacer más infantiles los rasgos de su cara y, así, poderse adaptar mucho mejor al rol de colegiala que les gusta interpretar cuando llevan a la práctica sus fantasías sexuales. Éstas, como la imaginación del hombre, pueden no tener límites.


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